Secretos. Montones de secretos me rondan en la cabeza y me torturan cada noche, cada mañana, cada momento, cada día. Rondan maliciosamente entre mis pensamientos, saliendo a flote de vez en cuando para obligarme a interrumpir lo que estaba haciendo, darles alguna vuelta, hundirlos y continuar mi labor, pero algo más agitada. Cada noche me acuesto pensando en mis secretos, dándoles vueltas, intentando buscarles solución, frustrándome porque no se la encuentro, dándome cuenta de que necesitaré ayuda si quiero acabar con ellos e impacientándome porque una vez más tendré que esperar. Y cada vez que uno de ellos llega desde lo más profundo de mi mente me enfado y me apeno. Me enfado porque no me dejan tener una vida tranquila y me apeno porque mis secretos no son para menos, son tristes y agobiantes, pero el hecho de tener que esperar para que me dejen en paz es lo peor de todo: no poder contar nada a nadie, hacer que la gente lo sepa solo en mis fantasías, imaginar que tengo lo que nunca tuve y ahora tanto echo de menos. Una persona junto a la que acurrucarme, alguien a quien contarle todo sobre mí, alguien que me acaricie, que me abrace muy fuerte y que me diga que todo irá bien, que me ayudará en todo lo que pueda y que no me preocupe. Alguien en quien confiar, alguien que me dé la mano, me la apriete fuerte y no me suelte nunca, alguien que me ilumine el camino, alguien que me acompañe para siempre y que se encargue de que todo vaya bien de verdad. Alguien a quien querer y que también me quiera, que cuide de mí y que me ayude a convertir en humo mis secretos, a ponerles solución y a conseguir que se vayan de mi vida, porque cada vez me va peor. Estos secretos son como aquella mariposa. Puñeteros secretos.
"El simple aleteo de una mariposa puede cambiar el mundo". La frase le retumbaba en la cabeza y no callaba. La chica resopló, se masajeó las sienes y volvió a resoplar, por si se le pasaba el dolor de cabeza por arte de magia. Haciendo caso a su mala suerte, todo siguió igual, solo que ahora su amiga Elisa la miraba preocupada desde la puerta de la habitación. No hizo falta que preguntara si iba todo bien, ni tampoco hizo falta que le diera una respuesta. Era evidente que no. Eli era consciente de que su amiga no lo estaba pasando bien, pero no sabía qué le ocurría, con lo que no tenía ni idea de cómo ayudarla. Por una vez, Bea fue un poco más allá, le recitó una frase: "El simple aleteo de una mariposa puede cambiar el mundo". Elisa sintió un escalofrío recorrerle la espalda y le preguntó de dónde había sacado esa frase. La respuesta de su amiga hizo que se sentara para no caerse al suelo: "Un sueño". Años atrás, su madre le había dicho una frase que le r...
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